Éstas son, según el Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos, otras señales de alarma que conviene conocer:
- Sentimientos de culpa, de no valer nada, de impotencia, pesimismo y desesperanza.
- Pérdida de interés o gusto por actividades con las que antes disfrutabas, incluido el sexo.
- Fatiga, tristeza persistente, ansiedad o sensación de vacío.
- Inquietud, irritabilidad y propensión al llanto.
- Dormir mucho o muy poco.
- Pérdida de apetito y peso, o comer compulsivamente y aumentar de peso.
- Pensamientos recurrentes de muerte o suicidio.
- Dificultad para concentrarse, recordar y tomar decisiones.
- Dolores de cabeza, trastornos digestivos y dolor crónico.
También hay que saber que el mayor riesgo de sufrir la enfermedad se sitúa entre los 25 y 45 años, y que son más susceptibles de padecerla las mujeres en edad fértil o que tienen hijos pequeños.
Precisamente es en el embarazo y el postparto cuando se desarrollan más episodios. La causa puede deberse “a que en esta franja de edad los requerimientos sociales, laborales y familiares son más elevados, lo que supone compaginar las obligaciones con las actividades que hasta ahora nos hacían sentir bien. Con ello se produce un proceso de pérdida progresiva de las actividades gratificantes, motivadoras, e incluso se llega a sentir una pérdida de ilusión debido a que los proyectos personales se tienen que aplazar o descartar”, dice el psicólogo Óscar Asorey.
Verónica Palomo (asesorada por Óscar Asorey, director de ISEP Clínic Baix Camp).
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